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Sábado 14 de Abril de 2007Actualizado a las 05:29 hrs.
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 Cultura
  
 
Con Los murmullos del páramo, obra que lleva la obra de Rulfo al campo del espectáculo operístico
Estrada, aclamado por la crítica

Superó el desafío de representar escénicamente la obra Pedro Páramo.
 
Julio Estrada ha conseguido la mejor y más respetuosa puesta en imagen y sonido del clásico literario.


11-Septiembre-06


Julio Estrada (México, 1943) es, más que un compositor imaginativo, un talentoso y disciplinado investigador de la música. Se ha empeñado en dar bases matemáticas a sus propuestas teóricas y creativas.

Ahora incurre por primera vez en el campo del espectáculo operístico, aunque Los murmullos del páramo es una ópera anómala. Se trata —como reza el programa— de una “Ópera de cámara para dos voces femeninas solistas, quinteto vocal, contrabajo, guitarra, ruidista, shô, trombón, cinta magnetofónica, especialización tridimensional y coreografía”. Resultado de catorce años de trabajo (1992-2006), se estrenó el 12 de mayo de 2006 en Madrid y posteriormente en Stuttgart, con la dirección escénica de Sergio Vela. Ahora recibe su esperado estreno mexicano en la Sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario, también bajo la excelente dirección de Vela.

Representar las obras de Rulfo ha constituido siempre un desafío condenado al fracaso. El mundo rulfiano, tan austero, secreto y reservado, tan cercano al silencio, se les ha ido de las manos a casi todos cuantos han intentado traducirlo a otro medio, distinto de las palabras. Pedro Páramo ha sido calumniado por diversas adaptaciones, porque el mundo de Rulfo es en esencia irrepresentable, y, como toda poesía, intraducible.

No existe una sola película sobre Rulfo que le haya hecho justicia, porque sus obras no son epopeyas sino elegías. Con estos antecedentes, no podíamos sino desconfiar de antemano de la aventura operística de Estrada. Pero las reticencias fueron vencidas, porque la ópera demuestra que Estrada se ha acercado al libro con respeto, inteligencia y comprensión. Que el personaje epónimo de la novela nunca aparezca en la ópera y que, sin embargo, sea el responsable simbólico de casi todo lo que en ella ocurre, es un acierto indudable. Otro gran acierto es el papel que se concede al silencio, gran personaje del libro. En la ópera de Estrada el silencio suena, vive, con frecuencia con gran intensidad.

Ópera de vanguardia, carece de canto, de música melódica, y plantea interesantes problemas de índole estética. Hay una escena verdaderamente espectacular hacia el final —la muerte de Susana, magistralmente resuelta por Sergio Vela, quien también respetó, desde la dirección, el silencio rulfiano—, en la que el cuerpo de Susana cuelga en el aire, rodeada del estupor de los demás personajes y músicos, entre el redoble de campanas y rezos de mujeres: es una apoteosis de la muerte, la escena más teatral y dramática, pero la menos austera y rulfiana de la ópera.

Excelentes músicos y actores todos los de la escena. Hay que destacar la intensa actuación de la soprano Sarah Maria Sun como Susana San Juan.

La versión de Estrada y Vela es, sin duda, la mejor y más respetuosa puesta en imagen y sonido que se haya hecho de Pedro Páramo hasta el momento, y el estreno operístico más importante del año en México.

  
 México • Vladimiro Rivas Iturralde
 
 
  
 
 
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